Hablaré hoy sobre un conflicto generacional a nivel nacional, que se da sobre todo en el seno de las grandes empresas y las instituciones públicas.  Seguro que alguna vez os habéis preguntado ¿Cómo es que esta persona es jefe, si no vale un pimiento? La respuesta es bien sencilla.  Antes de la transición, los estudios universitarios estaban prácticamente reservados a una minoría, una élite de personas que podían permitírselo.  Obviamente, esta “élite” ocupaba los puestos de responsabilidad.  Pero a principios de los años ochenta el panorama cambió.  La enseñanza superior estaba disponible para cualquiera que quisiera estudiar y estuviera dispuesto a ello, así que en la década de los noventa nos encontramos en España con una masa de jóvenes con estudios terminados, postgrados y formación complementaria de alto nivel.  Estos jóvenes empezaron a ocupar los puestos de base, ya que los puestos de responsabilidad seguían copados por la elite de la generación anterior, que se aferraba a ellos con uñas y dientes, muchas veces inmerecidamente.

A partir de ahí es donde surge el problema.  La generación JASP (aunque suene a tópico, hay que reconocer que existe) se vió bloqueada por la élite.  Aquellos que disfrutaban de sillones de cuero, despachos con retrato de Juan Carlos, secretarias de infarto y chofer propios no permitían que lo que venían empujando fuerte pudieran destacar.  En lugar de promover y premiar a los buenos trabajadores se dedicaban a hundirlos, pisotearlos y darlos de lado, utilizando como armas el descrédito y la descalificación gratuita.  Esta generación no busca el bien de su empresa, sino su propio bienestar.  Paradójicamente, los altos directivos, o no se han dado cuenta de esta situación, o pertenecen a la élite de la generación tapón.

Mientras tanto, seguimos relegados al fondo de la escala salarial, acatando las oscuras voluntades de los que nos oprimen desde arriba y rezando (los que sepan) para que algún día se jubilen los directivos pisoteadores.  Tienen miedo de que los nuevos puedan acceder a sus puestos, y en lugar de demostrar que merecen estar donde están, prefieren dirigir sus esfuerzos a cargarse al compañero.

De momento, el único tapón al que he conseguido vencer ha sido éste:

tapón de cruzcampo

Así nos va.

La verdad nos hará libres.

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