Todos sabemos que la Edad Media terminó hace más de quinientos años.  Los conflictos ya no se libran en el campo de batalla, donde antaño hombres de palabra medían la destreza de su brazo frente a un enemigo que, pese a ser el antagonista, merecía ser tratado con honor.  Pero el honor ya no existe y la palabra, tampoco.  La época del oscurantismo terminó y ya no es tan fácil invadir al vecino por la fuerza, alegar que “ellos” tienen tierras que “nosotros” necesitamos ha dejado de ser excusa suficiente para mover al pueblo a alzarse en armas contra sus primos de más allá de las montañas.  Sin embargo, han surgido dos nuevas formas de acaparar los recursos de los demás: la invasión económica y la invasión cultural.

La invasión económica es un hecho practicado por los Estados Unidos en nuestros días, además de ser bien sencilla.  Para empezar, buscamos un país en vías de desarrollo con abundancia de recursos naturales, al que ofrecemos un préstamo de capital a través del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial (entidades controladas por los Estados Unidos).  Sin embargo, estos recursos económicos no van destinados al desarrollo social del país, sino a la construcción de infraestructuras de las que sólo salen beneficiados los poderosos.  Nada de hospitales, universidades o ayudas a pymes, se harán aeropuertos, autopistas, puertos marítimos… ¿para qué quiere el pueblo un aeropuerto si no puede pagar un pasaje?  El siguiente paso es exigir el pago de la deuda que, obviamente, el país en vías de desarrollo no puede pagar porque su estructura social no ha mejorado.  Es ahora cuando viene la trampa: se le ofrece al país la condonación de su deuda A CAMBIO de que vendan sus recursos naturales a bajo coste, tal vez regalando sus pozos de petróleo, cediendo la explotación de sus minas o permitiendo la construcción de bases militares norteamericanas.  El pueblo es, como siempre, el perjudicado y el oprimido.  Podéis verlo en este video:

La invasión cultural también se produce, aunque a otras escalas.  A través del cine y la televisión se nos vende el estilo de vida americano como el paradigma de la felicidad.  Ser feliz es CONSUMIR, siempre posesiones materiales que habrá que pagar a precio de oro.  Conducir cierto coche, vivir en un chalet con piscina o beber tal o cual refresco.  Si no lo haces, eres un cutre.  También nos inculcan el odio a sus enemigos: los árabes son unos terroristas, los sudamericanos unos narcos y los comunistas son poco menos que el demonio.  Así, somos como los americanos, comemos hamburguesas, bebemos cocacola, celebramos halloween, flipamos con Hollywood y nos colgamos con Windows.  Consumimos SUS productos para tener SU estilo de vida.

Señores, si yo me siento invadido, imaginaos como debe sentirse un muchacho de Panamá.

Agradecimientos a Javi por mostrarme esta realidad.

La verdad nos hará libres.

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