Fácil, muy fácil es accionar el interruptor y encender la luz al entrar en una habitación a oscuras.  Las tinieblas se ven inmediatamente vencidas por una avalancha de luminosidad, casi instantáneamente, raudos fotones surcan la alcoba para dotarla de nuevos y renovados colores.  Bueno, sí… los colores de la colcha son los mismos que esta mañana, pero la diferencia es que ahora es de noche y ¡los vemos!  Hace apenas cien años era impensable contar con iluminación en las viviendas de estas características, limpia, potente, instantánea y segura.  Pero… ¿nos hemos preguntado alguna vez qué hay detrás de todo esto?

bombilla electrón

Como todos sabréis, la bombilla de casa se enciende empleando energía eléctrica, los electrones en movimiento atraviesan el delgadísimo filamento de wolframio de la bombilla y lo calientan a unos seis mil grados (la superficie del sol “sólo” alcanza los tres mil grados Celsius).  Más que al rojo vivo, se pone al blanco vivo.  Los electrones llegan a la bombilla prácticamente nadando en el seno de un cable de cobre que llega hasta vuestra casa desde un edificio de la compañía eléctrica que se llama “centro de transformación” y suelen estar en locales en los bajos de los edificios o en casetas independientes marcadas con un triangulito amarillo.

Je, la cosa se va poniendo interesante.  Desde ese centro de transformación parten cables que van a todas y cada una de las casas de vuestro barrio.  A él también llega un cable más gordo que viene de otro centro de transformación aún más grande que el de vuestra calle.  Estos suelen estar en las afueras de la ciudad, aunque con lo que han crecido algunas ciudades, muchos de los más antiguos están prácticamente en el centro.  A los centros grandes llegan otros cables aún más gordos que vienen de las subestaciones, que son edificios de enlace entre los que consumen la energía (vosotros) y los que la producen (las compañías de generación eléctrica).  A esas subestaciones llegan unos cables gordísimos que vienen de las centrales eléctricas.  En definitiva, desde tu casa a la central eléctrica más próxima puede haber cuarenta, cincuenta o cien kilómetros.

Para que tú puedas encender la luz de noche cuando vas a beber un vaso de agua a la cocina deben de reunirse una serie de condiciones que no siempre tenemos en cuenta:

  • Debes haber pagado el recibo de la luz.  Parece obvio, pero si no pagas, te cortan el suministro.  Y creo que ya ni siquiera te avisan con anterioridad.
  • Los centros de transformación y las subestaciones deben estar funcionando.  Esto quiere decir que hay gente despierta en todo momento que se ocupa de que las máquinas que están en esos edificios nunca se paren.
  • Las centrales eléctricas deben estar funcionando en este mismo momento.  Al igual que para las subestaciones, hay una serie de personas cuyo trabajo es que las centrales trabajen veinticuatro horas al día, trescientos sesenta y cinco días al año.
  • Todo debe ir bien.  Los cables finos y los gordos deben estar en buenas condiciones (son el aperitivo preferido de las ratas), las máquinas de las subestaciones deben estar libres de averías y los generadores de las centrales eléctricas deben funcionar a pleno rendimiento.

Interesante aventura la que debe vivir un electrón cuyo viaje comience en el generador principal de una central eléctrica y termine en el filamento de tu bombilla, para acabar dando vida a un alegre fotón que iluminará tu cuarto.

Si tenéis dudas, animaos a preguntar.

La verdad nos hará libres.

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