Dicen que antiguamente, en un periodo de la historia muy anterior a lo que recuerdan los anales, habitaba en La Tierra una raza de seres inteligentes.  Estos seres (los llamaremos, simplemente, “los seres”) poseían la capacidad de comunicación aunque no eran capaces de hablar.  La transmisión de la información entre los individuos se llevaba a cabo mediante un lenguaje de signos muy rudimentario que sólo permitía compartir acciones y conceptos muy básicos.  Las ideas complejas (la envidia, lo abstracto, el razonamiento…) tras muchas dificultades podían ser comprendidas por los seres pero tenían que aprenderlas por si mismos o en pequeños grupos, ya que la propia naturaleza del lenguaje impedía que otros se las enseñaran.

Los conceptos elevados debían ser aprendidos por uno mismo

Los conceptos elevados debían ser aprendidos por uno mismo

Eventualmente una familia, al ver como un lobo  una y otra vez robaba las ovejas que con tanto esfuerzo habían criado, comprendió el concepto de apropiarse del trabajo y de los bienes ajenos.  Como el lobo, decidieron que había llegado la hora de que otros trabajaran para ellos.  Primero, engañaron a sus vecinos para que se ocuparan de los rebaños de las dos familias.  Los vecinos no comprendían muy bien lo que estaba pasando, pero acabaron criando dos rebaños en lugar de uno.  Cuando llegaba el momento de ordeñar y esquilar, era la primera familia la que e ocupaba de hacerlo y sólo repartía con los vecinos una pequeña parte de la leche y la lana.

El padre de la familia “despierta” no tardó en darse cuenta de que con muy poco trabajo habían conseguido un beneficio muy superior al de años anteriores, así que decidieron extender su dominio a otros vecinos.  En pocos años habían conseguido subyugar a todo el valle, y aunque las demás familias continuamente pensaba que “algo raro” estaba ocurriendo, no alcanzaban a darse cuenta del todo porque no conocían el concepto de “esclavitud“.  Pero era inevitable que, a fuerza de sufrirlo, acabaran comprendiéndolo, y un día uno de los primeros vecinos se dio cuenta de la realidad y se rebeló contra la familia dominante.  Como el resto de esclavos no comprendía del todo la situación, al principio no le siguieron.

El padre de la “nobleza” decidió no arriesgarse, así que mediante la fuerza disfrazó al rebelde de oveja y lo ató a un poste junto al resto del rebaño, pero FUERA del redil.  Esa misma noche los lobos se lo comieron.  De un plumazo, los líderes alcanzaron dos objetivos:

  1. Atajaron la incipiente rebelión.
  2. Echaron la culpa a otros.

La maniobra fue magistral.

Los años pasaron y la familia dominante era cada vez más rica.  Ya no recogía los frutos de los rebaños de otros, sino que ahora todos los rebaños les pertenecían y los demás trabajaban para ellos a cambio de lo justo para mantenerse.  No tenían tiempo para dedicarse a pensar, no tenían fuerzas ni ganas para organizarse, no les quedaban ánimos para darse cuenta de lo que realmente ocurría.  Si alguna vez una mente lúcida daba muestras de descontento los líderes mataban un par de corderos y organizaban una fiesta para todos.  Distraían la atención hacia otro lado.  Los esclavos, hartos de trabajar, acogían la celebración pensando que era un regalo de los nobles.  Incluso algunos llegaron a pensar que la familia dominante era una bendición, ya que les proporcionaba trabajo, alimento y diversión… ¿Qué más se podía pedir?

Mientras tanto, los líderes dedicaban su tiempo a desarrollar conceptos complejos.  Lo primero que descubrieron fue la esclavitud (era obvio), luego la avaricia, el yo por encima de todo, la maximización de beneficios, el recorte de derechos… también descubrieron la libertad, pero guardaron ese concepto en un arcón y lo enterraron en el monte, para que nadie nunca lo descubriera.  Todos los conocimientos los utilizaban en su favor.  Los súbditos llegaron a ser totalmente dependientes de sus amos:

  • Debían trabajar mucho a cambio de pocos réditos.
  • Debían agradecer a la nobleza las fiestas que organizaban.
  • Debían cuidar a la nobleza para mantener el status quo.
  • No debían pensar, pues era probable que acabaran siendo pasto de los lobos.
  • Debían acudir a la nobleza para todo lo que necesitaran: vestido, cobijo, incluso para algunos conceptos elevados, como la justicia y la seguridad.

Hasta que un día, un joven que buscaba raíces en el monte para conseguir un poco de alimento extra se encontró con un arcón enterrado.  Sorprendido, lo abrió, y al instante, una paloma que surgió de su interior emprendió el vuelo…

La verdad os hará libres.

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